| La conexión Carmonense de Alejandro Sanz |
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| Martes, 25 de Mayo de 2010 23:25 |
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Y él dice de Carmona: Aquellos heroicos viajes a Andalucía en el sufrido y cargadísimo 600 familiar tenían dos destinos principales: Algeciras y Carmona. En verano, la tierra de su padre, porque allí se explayaba a gusto con la guitarra en compañía de los Lucía. En Semana Santa y Navidades, Carmona, donde aprendió a mirar a las estrellas... Por Navidad, hacían fuegos y cantaban alrededor de la hoguera. Todo el mundo contaba chistes, y vivían un ambiente familiar muy feliz. Para él, Carmona significaba el año viejo, los regalos y un conjunto de cosas más importantes que el pueblo en sí... «Cuando tenía que volver a Madrid, no quería irme. Necesitaba algún vínculo con aquello, y me parecía maravilloso poder ver la misma estrella en Carmona que en Madrid. Me fijé en la constelación de Orión, en la que todavía hoy me sigo fijando, y siempre me emociona. Sé que no es nada original, pero para mí tiene todo ese significado.» En Carmona, la prima María José fue su amor platónico. Era mayor que él, pero eso no evitaba que le encantara. Recuerda sobre todo un granero enorme con una chimenea al que iban todos los chavales de la familia, con el pretexto de dormir. Una habitación donde se sentían más libres, porque los padres no tenían permitida la entrada. Su prima María José era asidua de esa chimenea-refugio, «tan grande que se podía asar un animal entero». Todos se tumbaban junto al fuego y se contaban las novedades mientras fumaban cuando sabe mejor, que es cuando no te dejan. A Alejandro le encantaba escuchar las mil historias que contaba Antonio, un hombre viejo y analfabeto que sabía de campo más que nadie. Para llegar hasta ese albergue privado, los primos subían muchas cuestas. De vez en cuando, se detenían a recobrar el aliento, y entonces miraban al cielo. Solían decir que en Carmona había más estrellas que en ningún otro sitio, porque se veía la Vía Láctea al completo. Eran vacaciones en las que no pasaba nada y pasaba de todo. Encontraban tesoros en un monasterio derruido, aprendían a montar en bicicleta y a caballo, un buen día aparecía la tía Pepi desde Algeciras con sus hijas... y Alejandro se pasaba el día rodeado de sus siete primas.
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